21/4/09

PRÓLOGO DE MIGUEL ILDEFONSO




Poetas en Madrid

Este lazo poético que reúne a 19 vates contemporáneos de España, Perú, Argentina, Cuba, Chile y México, dentro del CICLO DE POESÍA HISPANOAMERICANA Y ESPAÑOLA, titulado “Madrid: una ciudad, muchas voces”, es la muestra palpable del hermoso fragor de una lengua, la lengua de Federico García Lorca, de César Vallejo, de Alejandra Pizarnik, de José Lezama Lima, de Pablo Neruda, de Octavio Paz. Es también el espejo que refleja, con “airado verbo” (cito una imagen de uno de los poetas antologados), el espíritu vivo de una ciudad cuyo hervor cultural trasciende, hoy más que nunca, toda frontera: Madrid (“rodeada de laurel infinito”, decía Neruda). Y estas son sus voces; voces que pueden hablar con dios en el metro, voces que hacen el amor en una habitación vacía, voces que nacen ante el mágico humo de una taza de café.

La poesía es lenguaje y el lenguaje es la casa del ser (Heidegger), y en esta casa encontramos distintos ámbitos en los que reconocemos diferentes tradiciones estéticas, las cuales han guiado cada registro personal. Estas vertientes poéticas son:

Poesía mítica y simbolista. En este grupo hallamos a Nora Alarcón, con una poiesis de los elementos que fluctúan en sus vaivenes temporales o cíclicos: “el viento secaba esas lágrimas/ siguiendo las huellas del reloj”, y en una dinámica con lo concreto: “sumergido en este galope sin estribos/ en un zaino desbocado de vacío”. El poeta Miguel Ángel Gara tiende a la reflexión: “Una sombra caía camino de la casa/ y puede que la sombra deslizándose/ fuera una sombra ajena”; la agudeza en la mirada aproxima lo vasto a lo terrenal: “La/ imaginaria/ forma de una gota/ evaporada y transportada/ del océano aún tibia a la palma/ de la mano, que un ojo imaginario mira/ fijamente”, he ahí el resumen de lo que es este arte. La poesía de Alberto Lauro gira en torno al tema del sentido de la vida; sus referentes son históricos, Delfos: “Cruzar el mar. Perdido en las ciudades. / Pasar entre las brumas la intemperie. / Inerme está el que para siempre escapa/ extranjero hacia la noche de las islas.” O Bizancio: “Un día amanecieron las casas desiertas, / los templos vacíos, / los pergaminos quemados. / El ejército enemigo/ había tomado mejores posesiones.” Juan Soto es un poeta marcadamente simbolista: “Poesía es una antorcha/ Enciende palabras/ Ojos inmóviles/ La ansiosa mirada de la muerte.// Encendido rayo cada verso/ En el naufragio de la noche”, vemos que sus visiones expanden nuestros límites hacia nuevos conocimientos.

Poesía del deseo y de la mujer. En Cecilia Quílez nos hallamos ante el cuadro de Venus, espejo que igualmente nos confronta y nos revela: “Veo ropa mojada que está sobre mi almohada/ y el rastro pegajoso de una caracola/ víctima de melancolía.” María Sangüesa se entrega al vertiginoso tema del amor: “Escucho un oscuro ruido de tormenta. / Dame tu mano, amor, de entre la niebla.” También nos hallamos ante lo mitológico, Lilith: “modelaré la arcilla de mi cuerpo/ rota, aquí, en mil fragmentos de quebranto/ y seré de nuevo hembra, aún en la sombra.”

Poesía existencial. En los poemas de José Luis Gómez Toré los objetos son dominios flagelados del tiempo, bajo tal rigor solo queda la redención o el desvarío: “Qué haremos con la luz, / con el olor que vierte/ como un perdón la lluvia, con el grito/ bárbaro del vencejo”. Oscar Pirot nos acerca con deslumbramiento a lo trascendente: “Del cenit al nadir/ cueva de aire/ la boca minúscula/ puerta de navajas/ inhala de un gesto/ el cadáver del día.” Juan Soros va directamente hacia las esencias, de ahí su poética ligada también al silencio: “Llevo muerte/ escrito en los ojos/ (abismos)”. Julio Espinosa Guerra nos envuelve en meditaciones en torno a las inmensas preguntas celestes: “El río/ no es dios ni río/ no pasa/ frente al ojo/ ni es el ojo// Nada ocurre sobre el río/ que el río no haya pensado antes/ Sólo el que naufraga/ y sobrevive a esta red/ sabe que hay otro reverso”. Iluminaciones presentes también en lo cotidiano: “Te metes en la bañera. La palabra agua poco a poco te cubre hasta el cuello. Y allí permaneces toda la vida. Hasta que la masa amorfa de tu piel se funde del todo, y la bañera, y el agua.” Luis Luna, no en ensimismamiento ni hermetismo, dialoga con su otredad: “Como un útero/ el cuarto/ te contiene/ (y que una voz te diga hacia los otros. Y que esa voz te calme)/ en el pronombre tú”.


Poesía urbana. Eduardo Fariña aborda la modernidad con una aguda ironía: “ENTRÉ a ese bar/ un día X de invierno en Zaragoza sin aguacero// ME FUI a 1 rincón poblé con libros la mesa y servilletas/ y lápices, novelas de escritores norteamericanos, poetas conosureños/ y algún sudafricano, postales y cigarrillos no faltaron”. Es una voz que se hace visible también en medio del tráfico: “un fragmento rodeado de nada/ a manera de insularidad que no mata pero/ hace más fuerte el nuevo paso”. En Jesús Malia la ciudad contrasta, choca, con la naturaleza perdida de sus habitantes: “Es un pozo sedente en el hombre su alma, / le echa amor y no colma, / le echa dios y no sacia.” Es así que volvemos al origen como salvación: “He salido a caminar como el árbol camina/ al hundir su raíz.” Eduardo Rezzano realza la crítica y la ironía: “7 jabalíes tomaron por/ asalto/ el Centro de Cazadores de La Plata”. Su lúdica voz logra cuestionar nuestras máscaras: “El señor Tinaja/ –cuando llueve–/ se sienta solo en/ el patio/ la cabeza erguida/ las manos en/ la cintura”. Diego Valverde Villena hace perenne lo transitorio: “A lo largo del viaje/ la mujer de tu vida se te escapa repetidas veces, / siempre en el lado opuesto de la vía”; y a veces esos viajes son interiores: “Ese mapa que me diste/ de tu corazón/ es como uno de esos mapas turísticos”. En Jessica Zorogastúa lo absurdo o fantástico se vuelve cotidiano: “Esta mañana he asistido/ a una rebelión infame de mis zapatos, / víctimas proclamadas de mi indecisión, / que, quemados en el asfalto de la anónima urbe, / cansados de correr sin rumbo fijo/ y prisioneros de unos pies toscos pero sin complejos/ han dimitido.” Antonio Ruiz Pascual aproxima voces peruanas (“Las calles tiemblan/ estallan los cristales de los edificios/ la gente se arrodilla sobre el asfalto”) con las de Madrid (“desnudemos Madrid deshojando sus calles, / desnudémoslo hasta que se quede tan desnudo como nosotros”).

Poesía de la memoria. Rodrigo Galarza nos entrega la crónica trágica de seres marginales: “los hijos del cobre/ salen del centro de la tierra// sacan a pasear la memoria de los ríos detenidos/ en las vetas de sus cuerpos / cuencos de ternura olvidada/ en ponchitos de vicuña// con la muerte entre los dientes”. Miguel Pastrana testimonia los instantes antes que sean devorados por el olvido: “Es cierto; era Madrid, madrugada/ de sábado a domingo, fin de Junio. / Y no había canales o palacios flotantes, / sino asfalto y calor, y borrachera/ solitaria// Pero también, en cierta forma, era/ Venecia, con balcón abierto, luz/ moteando la penumbra en la ventana”. Unos versos de su poema dedicado al poeta Antonio Machado tal vez resume el significado de esta reunión de voces en Madrid: “Valió eso, poeta, capitán/ de ciudadanos, hombre alerta/ detrás del sueño. / No hay muerte: espera. / Tu palabra alza un muro/ de claridad.”

Sí, la palabra alza un muro, pero de claridad, de libertad, y aquí tenemos a los que la trabajan, en un coro de voces, en un muro hecho de una sola lengua; la lengua del Arcipestre de Hita, de Sor Juana Inés de la Cruz, la de todos los que caminan, luchan y sueñan en Madrid. La poesía nos ha convocado. Aquí el lector encontrará su voz.


Miguel Ildefonso
Lima, miércoles 4 de marzo de 2008

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